Silencio es Paz

Hace más de una semana que un hermoso ser nos dejó en esta vida.

Digo que “nos dejó en esta vida” porque él ha pasado a otra y nosotros seguimos en esta, dispuestos a continuar, cada uno a su manera.

A partir de ahora me referiré a él como “Silencio”.

Silencio venía a mi casa a recibir sesiones individuales, cada 15 días, sin falta.  Al poco tiempo de empezar nuestro intercambio le diagnosticaron su enfermedad. Y decidió continuar con las sesiones por un buen tiempo.

Antes de tener esa relación sonora nos conocíamos, habíamos tocado juntos en algunos conciertos, pero fue a raíz de la sonoterapia que logramos conectarnos en una forma íntima y esencial, a pesar de que no el uno no sabía mucho de la vida del otro.

Él fue la persona que más confió en mí como aprendiz de sonoterapeuta. Por darme su confianza y regalarme su compañía le debo -como mínimo- unas líneas. Así que lo que estás leyendo es mi expresión escrita de agradecimiento a la vida por haberle puesto en mi camino, pero también es un reflejo de mis propias dudas, inquietudes y contradicciones en estos días.

Muchas de las preguntas concretas sobre Silencio giraban entorno a la cuestión fundamental de si somos conscientes (los terapeutas o aprendices de terapeutas) del papel que ejercemos en la vida de quien nos requiere.

Cuando Silencio me contó lo que le habían dicho los médicos, me asusté. El ego tomó el control. Mi mente interpretó que, por esa conexión que existía entre él y yo, yo tenía que ser capaz de ayudarle. Siento cierta vergüenza al reconocer que en cierto modo pensé que nuestros encuentros podían detener lo que a él le estaba pasando en su cuerpo. Ese era el tipo de ayuda que mi mente creyó que debía darle. Me costó tiempo ver que la ayuda que Silencio buscaba era otra. Sí, pude verlo con el paso de los días, pero no me fue fácil asumir la imagen.  Me invadía la culpabilidad por verle alejándose de esta vida.

Ayuda, culpabilidad… Fracaso.

En los últimos meses mi mente me decía que había fracasado. Que no ayudé a Silencio como él merecía. Fue así hasta que en el día de su despedida, de una forma muy cariñosa y tierna, su mejor amigo me dijo que Silencio le contó la gran sensación de paz interior que experimentaba en las sesiones en mi casa.

¡Ese es el papel que una aprendiz de terapeuta del sonido como yo ejerció en la vida de Silencio! Acompañarle en el camino hacia su paz interior. Podemos vivir en paz, experimentar la paz y gozar la paz. No hay ayudas, ni méritos, ni éxitos ni fracasos. Hay compañía y hay entrega. En el ofrecer no hay límites. Pero nadie puede interferir en la voluntad infinita del universo (que es igual que la voluntad consciente de uno mismo).

Aún sin darme cuenta, pude acompañar a Silencio en su camino, de la forma que él necesitaba.  ¿Te imaginas si hubiera habido consciencia? Supongo que el gozo hubiera sido inmenso, aunque no es poco el gozo que experimento en este instante.

Creo que él sabía lo que venía y se dispuso a recibirlo.  Estaba mucho más preparado que nosotros los de aquí, por eso su cuerpo no está más, y él se ha convertido en Silencio.

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